02 julio, 2009

Degeneración del espectáculo


La jactancia y desnudez del lumpen emergente y de otros decadentes en nuestra venerada televisión.

Con la emergencia del lumpen mediático que acapara todos los canales de la pantalla chica, los verdaderos integrantes del mundo del espectáculo quedan un poco relegados. Porque de un tiempo a esta parte, las peleas que se suceden son entre botineras y “nenas de utilería”.

Aunque también, el televidente se sorprende con las declaraciones de algunas mujeres que necesitan, para sostenerse en el medio, contar con quiénes mantienen la horizontalidad dentro de sus concurridas alcobas que forman parte de sus imponentes pisos recoletos o cuando no, de algún paquetérrimo hotel.

Las menos conocidas, se conforman con una habitación de pensión o se escudan en los locales ubicados en la calle Vicente López en las inmediaciones del cementerio. Otras, más bestialmente desprejuiciadas, se acomodan en alguna cortada.

Ellas, han conseguido terminar con el bueno gusto a punto tal de apagar, con la exposición desmedida, el encanto de la delicadeza así como el de la exquisita insinuación.

Desde las nuevas generaciones hasta las que ya pasan los cincuenta, han puesto de moda exhibir, grotescamente, no sus sentimientos sino la sexualidad. Se jactan de sus encuentros íntimos pregonados en el rally televisivo.

Se sientan como invitadas en los programas para describir, por ejemplo, si los hombres logran satisfacerlas. Si alcanzan a tener orgasmos o no.

Si en la inmediatez de los encuentros ocasionales experimentan placer o simplemente, nada.

Hablan de la importancia o no de los diámetros y los tamaños.

Se escudan, ante la vulgaridad que las envuelve, en el cliché de la equiparación entre el hombre y la mujer. Quieren ser más masculinas que femeninas y por ello aplican, en la esfera privada devenida en pública, la metodología cuantitativa.

Luego, una vez conseguida la notoriedad personal, la joya que tanto deseaban o un contrato como decorado en un teatro de revista o programa de televisión, tienen como método denostar a la persona. Arman el típico circuito del me dijo, le dije, le digo.

Relatar cómo se conocieron y enarbolarse en el supuesto logro si se trata de hombres casados o comprometidos. Se ríen, desmesuradamente, si ellos no logran cubrir sus básicos reclamos de mujeres necesitadas públicamente.

Sucede, que dentro de la mediocridad que surge y de la ya existente, predomina la necesidad de vivir la vida del otro. Es decir, ante la incapacidad evolutiva, la falta de talento, la insolvencia retórica y la decadencia mental, el camino que actualmente presenta funcionalidad, es el del escándalo.

El del deterioro que representa mayor rating.

El de la perversión que asegura varias horas de televisión.

O el de las acusaciones compulsivas y la degeneración del ser humano dentro de un mundo del
espectáculo devaluado por sus propios integrantes que en lugar de focalizarse en sus respectivos trabajos salen al ruedo para destruir aquello que hace el otro. También para meterse en internas ajenas y dar consejos por tener cuatro décadas de pantalla.

Se genera un círculo vicioso en el que la homosexualidad, la droga y la infidelidad pasan a ser protagonistas de extensas entrevistas en las cuales los periodistas, lícitamente, estimulan los roces porque saben que a mayor descompensación, más es el show que se monta.

Ellos, a pesar de ser criticados, hacen su trabajo. Se suben a la vorágine que hoy impera en el medio para no ser relegados. De ahí, los cuestionamientos de otros sectores del campo periodístico. No obstante, los encargados en enardecer la caldera que por estos días es nuestra venerada televisión son coherentes y no boicotean su espacio.

No hay límites y los códigos son individuales y no colectivos porque ese el paradigma de la televisión actual. La ausencia de límites y el intenso juego que navega entre lo promiscuo, lo border y lo vulgarmente entretenido por el asombro que a veces puede causar.

Se asiste pues, al paradigma de las declaraciones privadas más insospechadas para defenderse
de acusaciones o bien para ver, aunque sea una vez, la adictiva luz roja de la cámara.

19 junio, 2009

"Adormecidos con Valium" (19-06-09)


El kirchnerismo, los PRO, los sueños, la Apocalipsis y otros, dentro de nuestra sagrada televisión.

A partir de la sensibilidad política que emerge con la llegada a la televisión de “Gran Cuñado”, se pone de manifiesto la susceptibilidad de algunos dirigentes, tanto del oficialismo como de la oposición, que sienten que su imagen se ve afectada por la caricaturización de su persona. No barajan, ni siquiera, la máxima obviedad del sentido común.

Que la sociedad, lo que observa, no es más que la exacerbación del propio ridículo dado por la incapacidad que hace que ellos, se diluyan en sí mismos. Que “Gran Cuñado” no sería posible si la comicidad no comenzase desde arriba. Entonces, los medios astutos se valen de eso porque el vacío que hoy caracteriza a la política es funcional a la televisión. Una relación directamente proporcional.

Desde la distancia programada que la Presidente pone, hasta el amiguismo cool del grupo PRO, los políticos se presentan ante el electorado con fisuras que parten, indudablemente, de la precariedad conceptual. Del desconocimiento sobre los temas más urgentes que solo son tocados con una cadena de palabras sueltas grabadas en un chip de almacenamiento menor.

“Gran Cuñado”, según Elisa Carrió, muestra la mediocridad de la sociedad. En realidad, el segmento que ocupa la mayor parte de “Show Match”, representa la decadencia de los políticos argentinos que pueden ser imitados desde sus absurdos. Ellos les dan letra desde las típicas falencias que se revelan en la imposibilidad de transmitir ideas, de ejemplificar los planes y persistir, compulsivamente, con el pasado de la década del ’90.

Fueron todos, menos ellos. Ni los que están, ni los que desean escalar.

Se presentan, en los medios, como si no hubiesen sido parte. Como si la realidad político social los hubiese tomado por asalto. Sorprendido mientras esperaban un cambio.

Desde el kirchnerismo se habla de la profundización del modelo mientras que desde la UNION PRO se enfatiza en un cambio que recién empieza. Y mientras el gobierno profundiza la debacle, UNION PRO se embarca en un cambio que tiene que ver con: “Haciendo Buenos Aires”. La obsesión de las plazas y la ampliación de las veredas, tal vez, para que Macri, cumpla el sueño de que la gente pueda volver a tomar mate en la puerta de su casa. Aunque de seguir con la extensión, conseguirá hacer una gran mateada. Porque ellos, tienen un Plan.

De Narváez tiene un plan. El detalle, es que el electorado no sabe cuál es.

Por otro lado tenemos a Rodríguez Saá que ha sido ignorado, como político, desde la producción de Marcelo Tinelli. Rodríguez Saá, el oculto cholulo de la política, promociona su espacio integrado por personas que tienen capacidad para soñar.

Quienes lo integran apuestan al gran desafío onírico. Entienden, desde un imaginario limitado pero creativo, que el mundo de los sueños es el lugar para gobernar. Y el Wi-FI puntano es la máxima expresión para vender una Provincia. Provincia que Alberto, aún, no ha podido trascender.

Los niños no son niños sino nativos digitales. Parece, que dentro de San Luis, también hay un idioma creado pero siempre atravesado por la emoción y la tendencia naif. Exaltar la sensibilidad e impulsar a los jóvenes para que trabajen en la construcción de un nuevo país en el que vuelva el peronismo. El peronismo de verdad encarnado en quien se considera el último peronista de la historia. Alberto Rodríguez Saá. Un hombre que cuando habla, en lugar de hundirnos en la utopía de los sueños, nos sumerge en una voraz pesadilla que termina, cuando llega el remanso de su tan esperado silencio.

Por su parte y retomando la figura de Carrió, nos encontramos con la paradoja de que ella trata de mediocre a la sociedad que busca captar. Contradictorio, aunque también meritorio iniciar una cruzada para desmediocrizar a la sociedad argentina que consume un formato que va en caída libre como consecuencia, también, de la caída de la política misma.

La mujer que ha logrado devastar las teorías de Hannah Arendt, se ubica por encima de todos. Ella es la mejor pero siempre le faltan diez centavos para llegar. Se envuelve en su alter ego apocalíptico con su imagen e irreverente retórica acusadora.

Prefiere perder las elecciones como le dijo a Alfredo Leuco -que allá lejos y hace tiempo perdió en un concurso de preguntas y respuestas con el modelo subestimado Iván De Pineda- antes que estar dentro de la casa ficticia de “Gran Cuñado”.

Respiró cuando eliminaron a su personaje. Y su razonamiento más mediato fue el alivio narcisista. No ahondó. No pensó que su eliminación de la casa, entre otras cosas, tiene que ver con que así como no aportaba nada dentro del programa mismo, tampoco lo hace en el campo político.

Denunciar no es hacer política.

Luego nos encontramos con el personaje que emerge del conflicto Gobierno/Campo. Alfredo D’Angeli. Con una notoria adicción a las cámaras, él disfruta formar parte del programa de Marcelo Hugo. De haber podido, hasta una vaca hubiese llevado al piso cuando fue invitado.

Se le da una identidad. Protagonismo. Como al “odioso” Luís D’Elía.

Todos ellos, las personas y los personajes, se dedican a recriminar.

A reavivar, por ejemplo, el conflicto del campo. Porque ahora, todos son campo. Incluso, hasta los que ni siquiera tienen una maceta en el balcón. Como la Presidente que se cree una experta agropecuaria y trata de yuyo a la soja.

Todos contra todos pero con un plan.

Como el impresentable de Heller que para resolver el problema de la inseguridad elaboró un plan que consiste en mandar a trabajar a los vecinos para indicarle a la policía en dónde están los ladrones. Como el título de uno de los CD de Shakira.

Así son ellos. Nuestros políticos y personajes. Los que quieren estar dentro de la casa, los que no están y los que “matarían” por entrar. Lo cierto es, que todos ellos, ni siquiera son capaces de utilizar la masividad de la televisión para transmitir las propuestas de campaña.

Adormecidos, parecen que hubiesen sido "fumigados con Valium".

11 junio, 2009

Ausencia ridiculizada (11-06-09)


El llamado de la fama, Zulma Lobato y la entrevistadora que arrasa.

Máxima ponderación
Cuando nos asentamos en la vorágine televisiva como espectadores curiosos y ávidos de recibir todo aquello que se produce durante el día, nos encontramos, fundamentalmente, con que la regla principal es el abuso.
El abuso de la repetición.
El abuso de lo grotesco y bizarro que nos define como televidentes que legitimamos con el encendido todo aquello que satisface un morbo que puede ser consciente o inconsciente pero que se revela, sin lugar a dudas, en lo que desde hace varios años se muestra en nuestra sagrada televisión.
Aquella que adolece de gusto y buenos modales. Pero que, paradójicamente, en esa carencia encuentra su máxima ponderación. De ahí, la exportación de personajes a países como Uruguay, Chile y España así como la emergencia de fenómenos que acaparan la atención, no por sus dotes artísticos sino por la decadencia del ser humano que atiende a una intrínseca necesidad que tiene que ver con lo que Mercedes Odina y Gabriel Halevi han dado en llamar, el Factor Fama.

Factor Fama
Un libro publicado por ANAGRAMA (Barcelona) sin desperdicio alguno, ya que explica cómo se puede alcanzar la popularidad sin haber hecho nada digno o relevante dentro del campo artístico. E incluso, aborda el vínculo de la política con lo actoral. Es decir, cómo los políticos devienen en actores, por lo general cómicos, y cómo los actores ingresan en la política valiéndose de la fama conseguida.
Un modo de proceder que tiene que ver con un juego acomodaticio de costo beneficio en el contexto de un estado de situación que alarma, ante todo, por la precariedad argumentativa del oficialismo y la oposición.
Dos partes que han dado lugar a la creación de "Gran Cuñado" como espacio caricaturizado que está entrando en una meseta y que se nutre de una comicidad que parte, esencialmente, desde arriba. (Ver nota: Ensayo Imaginario)
Frente a eso, es natural que surjan personajes como Zulma Lobato. A quien se la ridiculiza y juzga por lo que vende. Un travesti que en su imaginario se considera una revelación artística más que una revelación de la ausencia ridiculizada.
Es un individuo más que quiere fama y no vacila en exponer las miserias de la vida misma. Se disfraza, se pinta y monta un show que recorre todos los programas que han decidido sacrificarla, lícitamente y bajo el auto consentimiento de la propia degradación en brutales informes y entrevistas.
Y Zulma lo disfruta porque se ve en pantalla. Se muestra.
Se regodea en su bestial ignorancia de una fama que seguramente será efímera, dado que el medio es cíclico y los que permanecen sostenidamente son pocos.
No obstante, la Lobato travestida, ahora, es una mediática compulsiva regada por las producciones y los conductores que encuentran en ella un producto redituable para mantener y subir el rating.

La descubridora
Fue la que le dio un lugar. Un espacio de expresión para mostrar su nada o bien, su necesidad de mostrarse para cumplir con un deseo de realización que tiene que ver con la adicción a las cámaras en el marco de las luces y sonidos de la televisión.
Zulma Lobato, en una generosa entrevista, fue inducida con el encanto de la ingenuidad que transmite la conductora, a decir y hacer todo aquello que ella sentía y quería mostrarle a la gente. Su ángel. Su carisma siempre mencionado en la precaria auto referencia.
Fue así, como el público también descubrió a una entrevistadora que pregunta lo que la gente quiere saber sin rodeos. Con simpleza, a pesar de saber que los medios la pondrán bajo el panóptico salvaje, cuestionando sus formas de actuar, pensar y sentir.
Una mujer que se muestra, en el contexto de su programa de TV, como una conductora televidente que se presenta ante el público como una consumidora más que entiende las reglas de juego y sabe, por sus características espontáneas y de conocimiento televisivo, que sus notas, comentarios y preguntas trascenderán la pantalla de Crónica.
Se trata de Anabela Ascar. La entrevistadora de “Hechos y Protagonistas” que lleva al piso a personas de los distintos campos. Político, social y artístico. Incluso, invita a ciudadanos que se encuentran en situación de calle para que cuenten su historia de vida y que los responsables gubernamentales se hagan cargo de dicha realidad.
Porque Anabela sabe que cuando algo se hace público los intereses y temores al interior de los grandes grupos de poder se movilizan con mayor intensidad.
Pasa, de la profundidad que tiene que ver con el pauperismo social que nos envuelve, a la máxima frivolidad. Arrasa con el voyeurismo de la descompensación de las “nenas de utilería”. Con lo cual, responde a las demandas de los televidentes que la han colocado en un lugar de preferencia y deja atrás, sin proponérselo, a la caravana de conductoras que “matarían” por estar en los resúmenes de todos los programas de aire y cable.

03 junio, 2009

Lugar vacío


Florencia de la V, el cliché de la discriminación y el rol de la vedette.

Ante la precaria formación de las mujeres que integran la nueva camada del mundo del espectáculo y frente a la explícita decadencia de ciertas personalidades que alguna vez el público consagró, el panorama artístico se revela en una encrucijada que, al no encontrar solvencia y desenvolvimiento absoluto, recurre a nuevas alternativas. De ahí, la emergencia de los travestis como figuras que representan una nueva visual escénica.

Una forma de presentarse ante el público que pone en cuestionamiento los usos y costumbres, así como una construcción de la subjetividad arraigada en aquello que tiene que ver con lo convencional más que con los salientes estereotipos que crean, en cierta medida, una crisis de género vinculada con una reformulación de las teorías estéticas y de gustos.

Se abre pues, un modelo de hacer teatro en el cual, la persona que encabeza el espectáculo con el rótulo de vedette, es un hombre travestido que a través de distintas operaciones y tratamientos adquirió algunas curvas y características propias de una mujer natural.

Quien marca esta nueva tendencia es Florencia de la V.

Con ella, y habiendo tenido el piso que dejó uno de los primeros travestis como Cris Miró, el arribo a las marquesinas de la calle Corrientes fue mucho más movilizador. Más aún, cuando desembarcaba encabezando un espectáculo de revista de la mano de Gerardo Sofovich. Empresario con el cual entabló una relación comercial redituable para ambos y una estrecha amistad que según relatan algunos traficantes de información, ha llegado a rozar límites y a despertar la fantasía y el morbo de los enemigos de él que por estos días se regodean de la ruptura artística que se dio a conocer y sobre la cual, los aromas de amoríos y del me dijo, le dije, le digo quedan en el imaginario de cada televidente que pudo escuchar en vivo o bien, en repeticiones, a una Florencia de la V que parecía deshojar los pétalos de una flor compartida con la actual esposa del Señor que siempre ha vivido a su manera.

Ahora bien, la decisión de colocar a un travesti en ese lugar preponderante, inexorablemente, fue sometida a la evaluación de datos objetivos y a un análisis racional que frente a la susceptibilidad que el tema generaba y aún genera, enarbolarse en el cliché de la compulsiva discriminación era la alternativa más funcional para evitar comentarios o bien, puntos de vista. Así que Lubertino, no te anotes.

Los medios de comunicación se enfrentaban a ser rigurosamente cautelosos y la opinión pública se desataba en los contestadores radiales, en los foros de internet y también, en la televisión misma. No obstante, Florencia de la V logró trascender el grotesco de sus primeras imágenes que aún reflejaban visibles reminiscencias de su origen masculino así como la perversión que experimentaban los agudos espectadores que la colocaron en un panóptico permanente para marcar, fundamentalmente, los desaciertos del empresario que la llevó a la cartelera teatral.

Ella se hizo a si misma a punto tal de forjarse una carrera colmada de éxitos. Paso de ser mirada como un travesti a ser tratada y admirada como una diva con años de trayectoria. Ella, en su jactancia de cortar entradas y embebida de éxito se colocó, mediante el aplauso de la gente, en la cúspide de la pirámide actoral.

Se equiparó al nivel de Mirtha Legrand, Susana Giménez y Moria Casan. Ella, por decreto, entendió que para ser una diva no era necesario recorrer un camino de décadas.

En su mundo, solo basta ser aceptada por el público y sumamente mimada por el empresario de mayor trayectoria teatral de nuestro país.

Coqueta; asediada por los medios y cuestionada por haberse unido en “matrimonio” -en el contexto de una fiesta- vestida con un traje de novia blanco; Florencia de la V no se privó de ser grosera, cruel y altiva con el resto de sus colegas. Porque bajo el velo de preocuparse solo por ella, en sus monólogos, al igual que en determinadas notas, arremete brutalmente contra las “nenas de utilería” pero también, contra las figuras altamente consagradas.

Ingresa en el círculo vicioso de la descalificación obvia e intenta seducir con una retórica ocultista sobre lo que piensa, siente y hace.

Se proclama, ante la ineptitud o limitación de sus pares generacionales, una estrella que aún no puede ser superada por una mujer natural. Entonces, en la vorágine del ego y la consagración, ella se repliega en su condición de travesti. Se escuda que por su elección o sentir sexual, las cosas le han costado más de lo habitual y entiende, que con sus pasados 30 años, ya hizo todo lo que quería hacer.

Con lo cual, la quema de etapas y el juego de la vida son dos situaciones que ocupan un papel protagónico en el mundo de una de las grandes figuras con las que actualmente cuenta el medio y por la cual, los empresarios teatrales ofrecen en la mesa de negocios importantes sumas de dinero.

Eso se debe, entre otras cosas, a que en la carrera por escalar posiciones sin preparación, a la absurda necesidad de equipararse a los hombres y a la pereza laboral que termina con un casamiento botinero y un baby en camino, muchas mujeres de la generación del ’70 y ’80 enfrentan la propia auto devaluación que, por carácter transitivo, es asimilada por los productores que se inclinan por presentar a un travesti como cabeza de compañía y herramienta de seducción antes que a una mujer que no puede hilar una oración improvisada o aprendida.

Entonces se produce la distorsión de imágenes y se acentúa la premisa “cambio mujer por travesti” en las iluminadas carteleras porteñas que cuentan con la vedette que no es ocupando un lugar, por el momento, vacío.

27 mayo, 2009

Ensayo imaginario


La caricatura de “Gran Cuñado” y el manejo de los hilos de la televisión.

Frente al agotamiento de los formatos importados, desde el año pasado, Marcelo Tinelli comenzó a pensar de qué modo revertiría una tendencia que venía en baja y que no podía decaer definitivamente en sus 20 años de permanencia sostenida.
Porque mientras pudo, explotó al máximo el derroche estético de las “nenas de utilería”, el baile y las peleas mediáticas. Se valió de lícitos instrumentos para hacer de su programa un gran show que también abasteció enteras producciones.
Fue una etapa que, por decantación, se diluyó. A punto tal de sentir que el desfile voluptuoso ya no era redituable. Que la brutalidad enarbolada en belleza había aburrido y que el público estaba demandando otra cosa.
Para ello, había que someterse a la experiencia prueba/ error en el agudo vértigo del aire.
Volver a los orígenes resultaba ser la alternativa más atractiva. Fundamentalmente, en una Argentina en la cual, la comicidad, comienza desde arriba.

Desde que se presentó en Canal 13 para festejar sus dos décadas en la pantalla chica y la latencia de “Gran Cuñado” tomaba forma, las especulaciones y los argumentos no tardaron en llegar.
Tinelli, una vez más, comenzaba a mover los hilos de la televisión.
Y fue así como la comicidad trascendió la pantalla para pegar en el oficialismo y la oposición, logrando que De Narváez y Macri fueran al piso de “Intrusos” y que el negador compulsivo de Aníbal Fernández haga un telefónico pidiendo resguardar a la Presidente.
Piden, lo que ellos no hacen.

Bajo el pulso del reality se generó un sistema de creencias asentado en la apertura de mesas de debate para observar cuánto influye en el electorado la estadía de algunos políticos en la imaginaria casa de “Gran Cuñado”. Un formato que deriva de “Gran Hermano” y que le hace honor a la gran degradación del ser humano que muestra, durante las 24 horas del día, desde sus virtudes hasta sus miserias.
En el caso particular de “Gran Cuñado” lo que se exacerban son las características estéticas y retóricas de los políticos argentinos alcanzando altos niveles grotescos y perversos para satisfacer las demandas de una sociedad de consumo voyeur.
Se refleja, desde la caricaturización, aquello que el imaginario colectivo se pregunta, sospecha o desearía ver. Como ridiculizar con fascinación los secretos de alcoba de Néstor y Cristina.

Se alimenta, desde otro ángulo más retorcido, la imaginación con una actuación que puede ser dolorosa para los imitados, como es el caso de Cobos y de La Rúa.
Ambos representados en una forma que roza lo senil y la estupidez. La base que toman los imitadores es que forman parte, entre otras cosas, de un estilo de retórica débil.
Que no tiene fuerza.
Se los revela, poco sanguíneos y pasionales hasta llevarlos a la denigración. Se explota, sin reparos, la realidad que conoce las vulnerabilidades al interior del campo político.
Ellos, son la antítesis peronista o de la emulación peronista con sus aciertos y desaciertos. Incluso, son la antítesis del PRO que desborda de onda más que de ideas.

Inspirados en la clase política, los personajes que laten en la casa ficticia, no son un invento de Tinelli ni de los imitadores. Son, simplemente, la profundización de esa visión que está dada por la realidad misma que se transmite al público. Porque recordemos, que a mayor ridículo, mayor audiencia. Es decir, la caricaturización individual en su máxima expresión tiene como devolución el deleite colectivo que se refleja en el encendido.

GC funciona dentro del programa mismo y se eleva, aún más, por todo lo que se genera durante el día. Por aquello que los programas de la tarde ponen en pantalla, despertando, además, la curiosidad de los antipáticos de Tinelli que no se han dado cuenta que en el rechazo y la detracción, también se esconde el éxito. Terminan, sin quererlo, siéndole funcionales. Tal es el caso de Pettinato.

Se profundizan empatías y apatías. No se revierten ideas o percepciones con el político original. La construcción subjetiva siempre es la misma cuando de la realidad propiamente dicha se trata.

La clave de lograr una legitimidad masiva de GC es que la sociedad de consumo se sumerja, en la vorágine televisiva que retoma el humor, sin intelectualizar el formato y mucho menos, consumiéndolo para definir candidaturas. Pensar eso es subestimar al televidente argentino que en sus elecciones ha ponderado a nuestra sagrada y ecléctica televisión.

Finalmente, lo que sí se produce, es que se puede tener rechazo con el político pero no con su personaje.
De Narváez es mucho más amigable dentro del grotesco que en su insulsa naturalidad.
Lo mismo sucede con D’ Elía.
Los personajes resultan más interesantes que las personas y con ello se logra lo que el público desea: distracción y relajación.
Pasar una hora y media amena más allá de estar inspirada en la decadencia política Argentina.
Y Tinelli, consigue auto regular sus productos dentro de lo que es una televisión selvática que se maneja como un sistema de regulación que depende de una doble legitimidad. Por un lado, la del otro referente y por el otro lado, la del no referente que debe consumirlo para denostarlo.

13 mayo, 2009

Ensayo de la perversión


Una relación directamente proporcional marca los ritmos de la televisión, ejemplificado en el caso de Beatriz Salomón.

A partir de la tendencia sostenida de la mirada puesta en la vida privada de las personas, los ecos de la sociedad de consumo se revelan en las distintas esferas de la vida en una celebración inquietante del ridículo. Se asiste pues, a la imperiosa necesidad de observar al detalle todas aquellas cosas y actitudes que tengan que ver con lo grotesco en vista que la denigración del individuo se transforma en el regocijo colectivo.

Se perciben las formas de actuar, pensar y sentir del otro a partir de una caricaturización de los escenarios mediáticos que se transforman en legítimas peluquerías en las que mujeres de todo tipo se reúnen para ojear revistas y hacer los respectivos comentarios sobre lo que una imagen les representa. Comentarios casi siempre vinculados al sentido estético o una ética de la moral y los valores ya casi difusa. Tal cual sucede en los medios. Fundamentalmente, en radio y TV. Con la diferencia que en ésta última la imaginación pasa a un segundo plano, puesto que casi todo se ve, alimentando así la característica voyeur profundizada en la ultra modernidad.

Con personajes que succionan a la persona misma y con un estado yoico de máxima preservación, las figuras transitan el medio sabiendo que para estar dentro deben darle al público lo que éste último desea. Sin embargo, a veces sucede que el consumidor no tiene absolutamente claro qué es aquello que quiere ver y/o escuchar. Entonces, en su rol de permanente cooptación, los productores hábiles, someterán a ese público inquieto y expectante a participar de la experiencia de prueba- error. Esto significa poner una historia de vida en pantalla y ver hasta qué punto la misma vende. Si es redituable conforme a lo que el encendido marca.

Así es como la exhibición de la vida privada con o sin consentimiento se hace pública. Tal es el caso de Beatriz Salomón y las cuestionadas cámaras ocultas que revelan desde casos de corrupción hasta fatídicos secretos de alcoba que ponen en jaque los lazos de familia así como el estado de situación de la sociedad actual.

Esa violación a la intimidad permitió observar al esposo de uno de los emblemas de los años ’80 en una situación que no hacía más que revelar una beta homosexual. Hecho que, por un lado, alimenta el ojo del televidente satisfaciendo intrínsecas necesidades y por otro lado, provocan en el seno familiar un huracán de controversias. Aquellas que colocaron a Salomón en el epicentro analítico que ha despedazado y aún sigue haciéndolo, los deshechos que quedaron de ese matrimonio.

Porque dadas las condiciones de pertenencia para con el medio, así como las representaciones sociales que tienen los hechos ligados a la infidelidad que son televisados en cualquiera de sus formas, homo o heterosexuales, despiertan interés por perversión.

La imagen de una mujer devastada, replegada en la indignación de la traición que los otros no referentes hacen pública por sumar una primicia, la indiferencia de los otros referentes llamados pares actorales, la abulia de los productores y el etiquetamiento social son, al momento de juzgar, más poderosos que el talento y la conducta sostenida en el tiempo.

Todos ellos, condimentos suficientes para devorar psicológicamente a un ser humano que encuentra, paradójicamente, en el mismo medio en el que se comete el abuso (Televisión) un espacio de catarsis para manifestar sus miedos y necesidades. Frente a una cámara.
Frente a un interlocutor que durante esos minutos opera de terapeuta pero con la absoluta conciencia de ahondar en lo más profundo para lograr un punto más. Para ganar. Recaen en el brutal consuelo. En el absurdo cliché “Mira para adelante que tenes dos hijas”. Como si ella no lo supiera. Como si no fuera también, por sus hijas, que la vergüenza la carcome.

“No podes seguir así”. Expresiones de ficticio deseo. Derroche de voluntariosa sensibilidad que pide lágrimas y crisis bajo el velo de la eterna comprensión.

Se infiere de ello una relación directamente proporcional que tiene que ver con que a mayor descompensación, mayor es el show. Aunque uno de los protagonistas, en el caso de Beatriz Salomón, sea la víctima.

Se genera una relación funcional y dialéctica. La TV necesita de ella para responder a la perversión mostrando su deterioro y ella necesita de la TV para por lo menos, intentar reinsertarse en la jungla. Para penetrar, nuevamente, en la hoguera de las vanidades.

05 mayo, 2009

Exposición miserable


Apuntes de Canosa, Rial y la faena mediática del regreso de Tinelli.

1- Desde el agobio de una cotidianeidad marcada por la puja electoral, el dengue, la gripe porcina, la inseguridad y el hastío que produce la manipulación, siempre hay lugar para lo bizarro y grotesco en una televisión de tarde que acelera el ritmo cuando a las cinco, el intruso y la profesional, comienzan a competir durante media hora, y si los números acompañan, varios minutos más.
Se reaviva la hoguera de las vanidades hasta caer en la calamitosa denigración de la condición humana a través de relatos que ponen al descubierto intimidades de lo que alguna vez se dio en llamar, amistad.
Porque el casamiento de Gerardo Sofovich con su mujer Sofía, fue funcional a la vorágine televisiva del minuto a minuto. Los profesionales estaban dentro y los intrusos, afuera. No obstante, se las ingeniaron para cubrir la boda haciendo hincapié en detalles que solo buscaban maltratar al empresario. Eso desató enojos y valiéndose de las pantallas que los amparan, se dieron a conocer los calificativos.
Así fue como mientras Rial y Ventura se mostraban en el programa con narices de payasos, regodeándose de lo que dieron en llamar el “Canjeamiento”, a Canosa y a su equipo les faltaban los clásicos secadores de cabello en una charla brutal de peluquería berreta.
Y Sofovich, aunque parezca extraño, quedó en el medio de una pelea mediática que versa entre la competencia de formato, las primicias, las exclusivas y viejos rencores entre los conductores de ambos ciclos que se valen de miserables expresiones legitimadas por una sociedad de consumo que goza de dicha disputa, ya que por momentos caen en un infantilismo que pone al descubierto cierta precariedad argumentativa.
Rial se nutre de las bajas de Canosa. Se enarbola en los fracasos. Como cuando la sacaron de Radio 10 o bien, cuando su programa de entrevistas en C5N fue debut y despedida.
Y ella, se vale de tener al señor que vive a su manera, siempre que se lo requiere y puede, sentado en su escritorio como escudo protector.

2- Anoche comenzó “Show Match”. Veinte años consecutivos en la pantalla, se inauguraron ayer con un despliegue que pone de manifiesto que Marcelo Tinelli es uno de los pocos empresarios televisivos que invierte para recrear la visual del público que siempre lo ha legitimado con el encendido.
Con un promedio que superó los 40 puntos de rating, elevando el excelente piso que la tira “Valientes” siempre deja, se lo pudo ver al conductor con templanza.
Moderado pero con su natural carisma, transitó el programa. Un programa que aún tiene que acomodarse, dado que durante éste 2009 serán los humoristas los encargados de condimentar, básicamente, al ciclo.
Todos estaban atentos a las declaraciones que se pudieran hacer sobre el divorcio. Porque así como el casamiento de Sofovich despertó comentarios de todo tipo, el divorcio de Marcelo Hugo, en su antítesis, también llevó a los medios a recrear conjeturas y especulaciones.
Sin embargo, no todo se ha dicho y tampoco se dirá.
Sucede, que en el mundo del espectáculo hay figuras que son intocables. Sobre las que se habla pero con un freno. Tal es el caso de la señora de las cuatro décadas (Mirtha Legrand) y de Marcelo Hugo.
El divorcio revolucionó, fundamentalmente, a las colgadas “nenas de utilería” que sujetas a su irrefrenable ignorancia y limitación, creen que podrán alinearse para llegar a ser la próxima Señora de.
También hay una descolgada veterana que ya no sabe en qué lugar acomodarse y que por estos días se regodea de saberlo al conductor, un soltero más.
Todas ellas, compiten por ver quién llega primera al experimento horizontal aunque para ello tengan que exponerse de manera miserable en la ya diluida esfera privada.
Las utileras, así como la famosa que ahora se esconde tras el velo de la seriedad actoral, desconocen que por estos días, lo único que mitiga la tristeza del conductor, es visitar, según cuentan vecinos de la zona, el hotel Faena. Un espacio en el cual, parece dulcificar su amargura.
 

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